Este nuestro mundo no sabe lo que hace. Aún tengo clavado en la imaginación aquel horrible espectáculo de Hiroshima, aquel hongo destructor de la bomba atómica. Las manos de un misionero no podían acudir a todas las heridas. Era la impotencia terrible del hombre ante la desolación de la muerte sembrada por él mismo. Han pasado los años y la violencia persiste. Es más: cuando se nos ocurre construir algo hacemos potentísimas naves para ir a la luna, mientras se sigue oyendo el grito continuo del planeta tierra. El hombre se gasta millones en astronáutica y deja a Cristo, al Cristo vivo, que está al alcance de su mano, solo, pisoteado, crucificado…
(Las siete palabras del Cristo viviente) por P. Pedro Arrupe
¿Qué te dice el Señor en este día que concluye?